
A una semana de aquella tarde bajo la lluvia en la ruta 302, a la altura de Delfín Gallo, la vida de Raúl Martín Medina cambió para siempre. El hombre, de 77 años, se había detenido por un malestar cuando escuchó un llanto débil entre los pastizales. Pensó que era un animal, pero era un recién nacido.
Con la ayuda de una pareja que frenó en moto, se internó entre los yuyos hasta un zanjón y encontró al bebé, desnudo y con el cordón umbilical aún visible. Lo envolvieron con un paño y lo trasladaron de urgencia al Hospital Eva Perón.
El pequeño, que fue nombrado Raúl en honor a su rescatista, ingresó con hipotermia pero logró estabilizarse. Pesa 3,140 kilos, no necesita asistencia respiratoria y evoluciona favorablemente.
Siete días después, Medina sigue preguntando por él. Quiere verlo, saber cómo está. Su familia expresó públicamente el deseo de adoptarlo. A sus 77 años, él sabe que el tiempo no es el mismo, pero no puede evitar imaginarlo creciendo en su casa.
Lo que comenzó con un llanto casi imperceptible en medio de la tormenta hoy se convirtió en una historia de esperanza que aún busca su final
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